En las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias que se celebrarán el 11 de agosto no sólo van a definirse quiénes serán los candidatos de octubre. En las PASO han entrado en tensión dos modelos diferentes de partidos. Y si es ahora, en esta gran interna federal, cuando esa pelea de fondo puede verse al desnudo, es porque los dos paradigmas de organizaciones políticas no están enfrentados en veredas diferentes. No es una opción entre una agrupación u otra. No consiste en una compulsa entre el oficialismo vs. la oposición. Se trata de que esos dos sistemas partidarios se enfrentan por dentro del oficialismo y por dentro de la oposición. Esa es la verdadera contienda. Se la puede observar nítidamente en Tucumán. Y sirve para explicar por qué el preludio de estas primarias, que buena parte de la dirigencia política califica públicamente de “inútiles”, se han tornado tan feroces en este norteño distrito.
Puesto del revés: si esta provincia consagrará sólo cinco de los 130 diputados que se renuevan este año (y siente apenas nueve de los 257 totales), ¿por qué se inmiscuyen el macrismo y el kirchnerismo en las domésticas internas locales? ¿Por qué Juntos por el Cambio se afana en tratar de que al binomio Macri-Pichetto sólo pueda exhibirlo la boleta que encabeza Domingo Amaya, el candidato del Ministerio del Interior de la Nación (es el subsecretario), en desmedro de la lista que lleva en primer término a Manuel Courel, secretario de Gobierno de la Municipalidad de Yerba Buena? ¿Y para qué intenta lo mismo el Frente de Todos, que pretende que a la fórmula Fernández-Fernández (y viceversa) sólo la ostente la nómina que lidera Mario Leito, quien cuenta con todo el aparato del Gobierno tucumano, en perjuicio de la que tiene a la vanguardia al ex diputado José Vitar? Hay, por supuesto, razones políticas (sobre todo en el caso kirchnerista) y personales (en especial en el caso macrista) en estas reyertas. Pero si son ministros y candidatos federales los que “operan” a fondo para tratar de “voltear” las listas “no oficiales” es porque se asiste a un choque de andamiajes.
Intolerancias
El diagnóstico de cada año electoral es que los partidos políticos están en crisis. En rigor, lo que está en crisis es un modelo de partido: el partido programático y de masas. En la Argentina, los dos grandes ejemplos surgieron en el siglo XX: la Unión Cívica Radical y el Partido Justicialista. El radicalismo nace como partido de las masas de argentinos marginados del derecho a elegir y ser elegidos. El abstencionismo fuerza la Ley Sáenz Peña en 1912. Hipólito Yrigoyen llega al gobierno en 1916. El justicialismo es alumbrando en horario con un acontecimiento que cambia la Argentina: el movimiento obrero organizado. Juan Domingo Perón será su líder; las “tres banderas”, su discurso; los sindicatos, sus instituciones. Para el orden conservador, estos movimientos fueron intolerables. A la UCR le permitieron 14 años de Gobierno y le asestaron el golpe de 1930. Al PJ le toleraron sólo 9 años y le dieron el golpe de 1955.
Precisamente, los partidos de masas pusieron en crisis a otro modelo de agrupación: el partido de notables. En el siglo XIX, para ser Presidente había que buscar contactos, dinero y prestigio en los clubes sociales: el Jockey, el Club de Armas, el Club del Progreso… Pero con el surgimiento de la UCR y el PJ ahora hay que tener estructuras organizadas. Hay que militar. Y hay que tener una plataforma electoral dirigida a sectores multitudinarios. Esta situación, que se da en Occidente tras las revoluciones industriales, hace trastabillar a los partidos de notables, porque sus programas y sus bases electorales no pueden ser masivos.
Así como la evolución sociohistórica jaqueó ayer a los partidos de elite, ahora arrincona a los históricos partidos programáticos. Luego del Estado de Bienestar, entre el fin de la II Guerra Mundial y la crisis del Petróleo de 1973, las líneas divisorias entre clases sociales se desdibujan. El peronismo ya no puede proponer políticas que sólo beneficien a las masas obreras urbanas asalariadas, porque ahora, educación pública mediante, los hijos de esos trabajadores se han vinculado con los hijos de la clase media. Por esa misma razón, el radicalismo no puede enfocarse solamente en la clase media. Y si hay que tener un programa para todos, entonces ya no se tiene un programa. Comienza a gestarse, entonces, la revancha de los partidos de elite. Se manifiesta en la Argentina, a partir de la década actual, en toda su magnitud.
Lo que pone en crisis al modelo de partido programático es, justamente, un modelo de partido que se conoce como “agarra todo”. En ese partido no “se milita” sino que “se especializa”. El partido “agarra todo” no es un partido de dirigentes, sino de tecnócratas (politólogos, sociólogos, comunicadores…). Es la era de las nuevas tecnologías de información y la comunicación. La movilización física es dejada de lado, porque para que el mensaje de los líderes llegue a los ciudadanos sólo hacen falta los medios de comunicación y las redes sociales. Especialmente en esta “sociedad de la indignación”, donde lo importante no es estar informado sino enojado. Si la información es falsa, es sólo un detalle…
Ahora bien, así como el apogeo de los partidos programáticos no supuso la extinción de los partidos de notables, la actual preeminencia de estos partidos de elite tampoco implica la muerte de los partidos de masa. Se observa ahora la pugna entre esos dos modelos.
Intercalados
Un típico partido “agarra todo” es el PRO. Pero también lo es, sin atenuantes, Unidad Ciudadana. Ambos han celebrado sociedades electorales con los dos grandes partidos de masas, de lo que han surgido Juntos por el Cambio (PRO + UCR) y Frente de Todos (Unidad Ciudadana + PJ). Y el problema que se suscita en Tucumán es doble. Por un lado, porque aquí hay más UCR que PRO y más PJ que Unidad Ciudadana. Por el otro, porque aquí, la militancia y la capacidad de movilización de la dirigencia siguen pesando más que la campaña de laboratorio de la tecnocracia. Esa doble frontera es la que está enfrentándose en las PASO. Y por eso es tan importante abortar la primaria, permitiendo que sólo una lista lleve binomio presidencial.
En las expresiones políticas que no albergan esa doble matriz no hay inconvenientes. La izquierda, reunida en el Frente de Izquierda y de los Trabajadores, es un partido programático, con lista única que tiene a Ariel Osatinsky en primer término, y una plataforma específica dirigida a un sector del electorado, recortado por una ideología. Enfrente, Consenso Federal es un partido “agarra todo” tan enfocado en captar votos de los más diversos sectores que propone “salir de grieta” y (lugar común si lo hay) “transitar por la ancha avenida del medio”. Ahí no le intentaron amputar la fórmula presidencial ni a la nómina del vicepresidente 2° de la Legislatura, Ariel García, ni a la del legislador Silvio Bellomio.
En cambio, el kirchnerismo (que en 2017 abandonó el PJ, cuando Cristina Fernández de Kirchner no quiso enfrentar en las PASO a su ex ministro de Transporte, Florencio Randazzo) sigue otro camino. Unidad Ciudadana se apoya en el vastísimo poder territorial del PJ, pero su pelea no está en las calles sino en las redes. Allí, Alberto profetiza contra el acuerdo del Mercosur y la Unión Europea y demoniza las políticas económicas del Gobierno (para lo cual no necesitan mucho esfuerzo). Cristina sólo habla a través de posteos. El mensaje común es “la unidad del peronismo” y Juan Manzur toca esa zamba como ninguno, por eso ha sido el vocero del encuentro del presidenciable con una docena de “compañeros” mandatarios. Si está unido, el peronismo no está en crisis.
En ese contexto, el armado del binomio no responde al clásico armado geográfico de “uno del interior y uno de Buenos Aires”, o viceversa (Carlos Menem + Eduardo Duhalde; Menem + Carlos Rockauff; Néstor Kirchner + Daniel Scioli; Cristina + Julio Cobos), sino que postula a dos bonaerenses. Porque la militancia en el territorio real ya no es preponderante. Hay un “territorio” en la virtualidad de Internet. Y otro en los acuerdos con diferentes espacios. De esto último están hechas las explicaciones que recibieron en el sector de Vitar, desde Buenos Aires, para explicar por qué no autorizaron que su lista también lleve la fórmula Fernández-Fernández (o al revés). La lista oficial está hecha de esos acuerdos típicos de partidos “agarra todo”. Leito ya está instalado por la campaña a intendente de la Capital. Mabel Carrizo no es “cupo femenino” sino cupo de La Cámpora. Carlos Cisneros es el referente sindical, en representación de la gravitante Asociación Bancaria. En el cuarto y el quinto término se acomodan, con la lógica territorial del PJ y la afinidad con el vicegobernador Osvaldo Jaldo, Graciela Gutiérrez, esposa del intendente electo de Alderetes, Aldo Salomón (el Este); y el jefe municipal de Aguilares, Agustín “Tin” Fernández (el Oeste). De la misma manera, en Buenos Aires, se acordó la lista con Sergio Massa y no se admitieron segundas nóminas.
Vitar agradeció las explicaciones y luego presentó en la Justicia su reclamo para llevar el binomio presidencial.
Incumplimientos
En el caso de Juntos por el Cambio, el intento de amputarle la fórmula Macri-Pichetto a la lista de Courel tiene otros bemoles. En el plano federal, el macrismo intentó voltear las PASO, en nombre de que no se justifican frente a un escenario mayoritariamente de listas únicas. Tucumán desafió ese argumento. A la vez, y como ya se dijo, es el propio ministro Rogelio Frigerio el que personalmente ha tratado de imponer, sin suerte, a Amaya como el candidato único. Esto generó un quiebre de relaciones con la Intendencia de la capital, a la vez que la acendrada sospecha de que el funcionario nacional juega su propia partida.
En el plano local, el intendente Mariano Campero, más que retar a la Casa Rosada, desafió la decisión de otros socios de Juntos por el Cambio de negarle lugar en las listas, después de las palabras empeñadas desde febrero y tras su triunfo en las urnas el 9 de junio. En concreto, para el camperismo (que también judicializó su reclamo de llevar la fórmula presidencial en la lista), a la nómina que apoya la Nación la armaron Amaya y el diputado José Cano, sólo en beneficio de sus espacios. El apoyo para el radical de la senadora Silvia Elías de Pérez y del legislador José María Canelada revelan que no sólo Campero piensa así.
Entonces, lo que choca en Juntos por el Cambio es el formato del PRO, que planteará una campaña comunicacional montada en la gestión nacional, contra el formato de la UCR, según el cual la militancia y el territorio definirán la partida.
En este contexto, ahora como el 9 de junio, el gran elector es el intendente capitalino Germán Alfaro. El mismo que desde el 10 de junio no le atiende el teléfono a Cano, a Amaya, a Elías de Pérez ni a nadie. No es que no tiene señal en el celular, sino que la suya es la señal inequívoca de que no reconoce a ninguno de sus ex socios como interlocutores válidos. El jefe municipal no ha tomado partido por ninguna lista. Puede que se quede así, balconeando. O que prenda la calculadora política para hacer proyecciones hacia 2021. Y hacia 2023.
En medio, las PASO muestran toda su trascendencia. No sólo dan al pueblo el poder de seleccionar quiénes serán los candidatos, sino que también lo convierten en el autor directo de la historia de la evolución de los partidos políticos, que no es otra cosa más que la historia de la evolución de la democracia.
Claro que no faltan los que sostienen que son caras. Darle voz al ciudadano, es decir, la democracia, no tiene precio. Por caso, también es caro el Congreso. Y no nos fue bien cuando lo eliminaron.
Las PASO empoderan al ciudadano. Si no fuera así y sólo le sirvieran a la clase política, la dirigencia no trataría de tumbarlas ni de burlarlas.